El tercer sexo sale del closet

Para este interesante artículo del periódico El Tiempo fui asesor:

 

Hoy, las personas intersexuales, antes llamadas hermafroditas, empiezan a conquistar derechos.

A los 13 años, Nelson Alexis Márquez comenzó a menstruar. La primera vez fue en un aula del colegio de Garagoa (Boyacá), donde cursaba sexto grado. De repente –recuerda–, sintió su pantalón húmedo. “Te está sangrando la cola”, le susurró una compañera que estaba sentada detrás. Entre asustado y avergonzado, se puso el saco en la cintura para tapar la mancha, se levantó del pupitre y corrió al baño. Al de chicas, por primera vez en su vida.

Hacía ya algunos meses que su cuerpo venía dando señales extrañas. Todo comenzó con una picazón en el pecho, que fue derivando en dos protuberancias. Su cintura se estrechaba y sus caderas se anchaban, tanto que el uniforme no le quedaba igual que al resto de sus compañeros. Pero lo más molesto era aquel dolor bajito en el vientre y las hemorragias esporádicas. Al principio su mamá lo tranquilizaba diciéndole que podría ser un problema del colon, que cuidara la alimentación. Pero el episodio comenzó a repetirse mes tras mes. (Vea la infografía: Intersexualidad en la historia y el arte)

La sexta vez que ocurrió lo llevaron a un médico en Bogotá. Y entonces llegó el diagnóstico que su madre había temido durante años: “Este niño, al que criaron como un niño, pero que no es del todo un niño, está empezando a cambiar. Y hay que tomar decisiones”. Los exámenes arrojaron que la extraña metamorfosis por la que atravesaba era producto de un coctel de hormonas masculinas y femeninas que se agitaba en su interior.

Nelson Alexis creció con la idea de que era especial, aunque sin saber muy bien por qué. Cuando nació le fue diagnosticado hermafroditismo verdadero, lo que hoy se conoce como intersexualidad gonadal verdadera, un ‘desorden’ o una ‘condición’ –según a quien se le pregunte– que hace que órganos reproductivos de ambos sexos puedan convivir en un mismo cuerpo. Por eso, su anatomía es un desafío para natura: tiene pene, aunque cuatro veces más pequeño de lo que es común, pero también órganos femeninos internos; tiene un útero, cuyo cuello está conectado con el recto, así como un pequeño orificio vaginal. (Vea la infografia: Tipos de intersexualidad)

Aunque la recomendación médica de la época para estos casos era operar, con el fin de ‘asignarle’ un sexo al recién nacido cuanto antes, su madre optó por dejar que la naturaleza siguiera su curso. Siempre lo llamó por su segundo nombre, Alexis, porque le parecía más neutro. Y cuando el pequeño le preguntaba por qué era diferente ella echaba mano de ejemplos cercanos: “¿Has visto que cuando un tomate de árbol se mezcla con una matica de mora nace una fruta diferente? Pues tú eres así, alguien que está entre dos cosas y que más adelante decidirá lo que quiere ser”.

El momento llegó. Y en cuestión de un año, Nelson Alexis cambió de pueblo, de colegio, de uniforme –comenzó a usar jardinera– y hasta de nombre. A los 14, ya era Leidy Tatiana.

Caprichos de natura

En términos biológicos, el sexo de una persona se determina en los primeros meses de gestación, concretamente a partir de la semana 14, cuando los genitales del embrión, hasta ese momento con apariencia femenina, comienzan a diferenciarse por efecto de los cromosomas (XY para ellos y XX para ellas). A partir de ese momento, las gónadas, es decir los órganos encargados de producir las células sexuales y las hormonas, se convierten en ovarios o testículos, y posteriormente se forman los genitales. Por eso, los médicos hablan de tres niveles para la conformación del sexo: el cromosómico, el gonadal y el genital.

Pero a veces, bien por trastornos en el embarazo (exposición a radiación o a andrógenos, por ejemplo) o porque la naturaleza juega a los dados, se producen alteraciones en alguna de esas etapas que hacen que estos tres niveles no concuerden. Entonces, donde usualmente se forma un ovario aparece un testículo; donde usualmente se forman testículos aparecen pliegues que parecen labios vaginales, o donde usualmente se forma una vagina hay algo más parecido a un micropene.

En ocasiones, por ausencia de signos externos o de exámenes como el cariotipo (con el que se determina la configuración cromosómica de una persona) esta condición no es detectada hasta la pubertad o la adultez. David Sánchez Morales, por ejemplo, descubrió su intersexualidad a los 23, hace cuatro años, cuando un endocrinólogo de Cartagena le dijo que tenía ovarios y trompas de Falopio tras someterlo a varios exámenes, porque le llamó la atención el tamaño reducido de su pene. El diagnóstico fue una sorpresa, pero también un alivio para él, quien desde muy joven se había sentido “una señorita”.

“Nunca me dijeron que tenía una condición biológica diferente, aunque siempre me vi más delicado y afeminado que mis hermanos. Crecí siendo el marica, el blandito o el tuerca floja, como me decían mis compañeros –recuerda–. A los 11 años mi abuela me llevó al médico, supuestamente porque yo no estaba creciendo como debería. Entonces me recetaron Testovirón, un esteroide derivado de la testosterona al que le debo 120 quistes benignos en los testículos y dos aneurismas. Ahora sé que querían masculinizarme, pero resulta que allá arriba hay alguien que sabe como hace sus cosas, y pudo más la naturaleza”.

Hoy David, que se identifica también como Linda Sofía, presume de producir sus propios estrógenos que –asegura– le dan su voz suave, su cabello brillante, sus caderas evidentemente femeninas y un cutis suave, aunque con una sombra de vello facial, que depila a diario. “Es otra consecuencia del Testovirón, porque de hombre solo me queda ese pedacito que cumple su función de orinar y, claro –dice sonriendo–, la caballerosidad”.

‘Intervenidos’ y marcados

La OMS calcula que 1 de cada 2.000 personas en el mundo nace intersexual, una incidencia mayor, por ejemplo, que la del albinismo, del que curiosamente se sabe mucho más. Pero no hay censos ni estadísticas fiables sobre este colectivo, básicamente porque solo unos cuantos países como India, Nepal y Australia permiten la opción de registrar a alguien por fuera de las categorías masculina y femenina.

Denominar a estas personas tampoco ha sido fácil. Durante siglos la ciencia las llamó hermafroditas, pero para algunos la palabra era confusa e inexacta. En el 2006, en el marco de una conferencia de endocrinología pediátrica realizada en Chicago, los expertos llegaron a la conclusión de que el término más adecuado era Desórdenes del Desarrollo Sexual (DSD, por sus iniciales en inglés). Pero esta sigla tampoco ha gustado a los expertos en temas de género ni a muchas personas intersexuales, que prefieren hablar de ‘diversidad de cuerpos’.

También polémicos han sido los tratamientos. En los 80, en medio del auge de los avances quirúrgicos, la tendencia era operar cuanto antes, bajo la creencia de que si una persona crecía con un sexo ‘indefinido’ podría tener consecuencias negativas para el desarrollo de su personalidad. Entonces, se practicaba una suerte de ‘remodelación’ genital, en la que imperaba un criterio básicamente métrico.

En su libro Lessons from the Intersexed (1998), la psicóloga de la U. de Nueva York Suzanne Kessler, una de las mayores estudiosas de la intersexualidad, cuenta que, bajo este paradigma, un clítoris mayor de un centímetro y un pene menor de dos y medio eran médicamente inaceptables y, por tanto, debían ser ‘normalizados’. La cirugía solía complementarse con una descarga de hormonas antes de la pubertad, para evitar que las gónadas entraran en funcionamiento y dirigieran el desarrollo físico hacia el sexo contrario al ‘asignado’.

“Si los genitales se parecían más a los de una niña, se hacía una vagina. Se esperaba que con su órgano sexual femenino y una crianza como tal, terminaría convencida de que era una niña –explica Gabriel Barbosa, ginecoobstetra y especialista en ginecología pediátrica y adolescente, quien ha atendido una veintena de casos de intersexualidad–. Pero cuando esas personas crecieron, y a la luz de nuevos estudios, se comprobó que, en algunos casos, la genética y el entorno pesaban más, y que esa niña podía sentirse niño toda su vida, al margen de la apariencia de sus genitales”. Hoy, la recomendación es retrasar los tratamientos quirúrgicos hasta la adolescencia o la adultez, para que la persona decida, de acuerdo con lo que le dicten su cuerpo y su mente, si quiere pasar por el quirófano para intervenir su sexo.

En Colombia existe incluso una sentencia de la Corte Constitucional del 2002 que prohíbe someter a procedimientos de reasignación de sexo a los bebés que nacen con genitales ambiguos después de que cumplen cinco años. A partir de esa edad, tiene que mediar su consentimiento, salvo excepciones, como cuando hay riesgo para la vida. Una malformación genital que comprometa el sistema urinario, por ejemplo, amerita intervención.

¿Parte del colectivo LGBT?

Hoy, gracias a los avances en campos como la genética, la medicina y la psicología, la intersexualidad ha dejado de verse como una atracción de circo. Pero si su reconocimiento biológico ha tomado siglos, la batalla por el reconocimiento social y legal apenas comienza, aunque en la última década varios países han dado zancadas importantes. El último ha sido Alemania, que permitirá a partir del primero de noviembre que los padres de bebés intersexuales puedan dejar en blanco la casilla del sexo del recién nacido para que este decida, cuando sea mayor, si se inscribe en el sistema binario u opta por la categoría de ‘indefinido’. Es decir, un tercer sexo.

Colombia, pese a tener una de las jurisprudencias más amplias sobre derechos de la población intersexual (hay al menos siete sentencias de la Corte Constitucional en este sentido), ha sido más bien tímida en cuanto al reconocimiento de este colectivo. En el 2010, el Ministerio del Interior añadió al final de la sigla LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgeneristas), la letra ‘I’, que representa a las personas intersexuales. Sin embargo, esta inclusión no tiene ningún efecto legal –ya que las autoridades exigen inscribir al recién nacido en alguno de los dos sexos reconocidos– y ha sido interpretada como signo de corrección política. Punto.

Otros expertos van más allá, y aseguran que esta medida, en principio bienintencionada, ha contribuido a que muchos intersexuales prefieran seguir siendo anónimos. “Una de las razones por las que no salen a la luz es justamente porque no se sienten parte del colectivo LGBTI –afirma la investigadora de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional Nancy Prada Prada–. Muchos prefieren que su condición sea reconocida como una diversidad de cuerpos, que no tiene nada que ver con la orientación sexual; de hecho, en algunos países tienden a identificarse más con los colectivos de personas con discapacidad, entendida también como una diversidad en la corporalidad”.

“¿Son los intersexuales parte de la diversidad sexual? Sin duda es un debate que hay que abrir”, reconoce el director de Diversidad Sexual de la Secretaría Distrital de Planeación de Bogotá, Juan Carlos Prieto. Esta oficina realizó hace poco el primer estudio sobre las necesidades de este colectivo, cuyas conclusiones se publicarán próximamente, para empezar a diseñar un plan de acción que los incluya. Al respecto, Leidy Tatiana es tajante: “Nuestra condición no tiene que ver con orientaciones ni con indumentarias, sino con un cuerpo que es distinto, y mientras esa diferencia no sea aceptada, seguiremos estigmatizados”. Ella, hoy con 36 años, hace mucho que se aceptó y por eso nunca pasó por el quirófano. Siente que nada le sobra.

Del niño que iba al colegio en Garagoa apenas quedan un par de fotos viejas. Leidy Tatiana se graduó de psicología, se casó, montó una organización que acompaña a quienes comparten su condición de intersexual (ver recuadro) y, contra todo pronóstico, fue madre a los 23 años: “Los médicos me advirtieron sobre los peligros, porque tengo la matriz inclinada, pero corrí el riesgo”. Fue niño y nació con sus genes perfectamente sincronizados, después de 9 meses y 18 días de embarazo. “Tuve un parto por cesárea feliz, sin complicaciones –recuerda–, salvo por el revuelo que causó en el hospital el hecho de que una mujer con pene hubiera dado a luz ”.

‘En la cédula soy un hombre’

Leidy T. Márquez cree difícil que se reconozca tercer sexo

“Me criaron como niño, o mejor, con indumentaria de niño, pero nunca jugué al trompo ni al fútbol. Para la gente de la calle siempre fui una niña a la que vestían con pantalón. En el colegio, a la hora de ir al baño, notaba que los genitales de mis compañeritos eran más grandes que el mío y me preguntaba por qué. A los 13, cuando me llegó la primera menstruación y después de que los exámenes confirmaron mi intersexualidad, decidí que no quería vivir toda la vida ocultando mi condición de mujer. Entonces, empecé a dejarme el cabello largo, a maquillarme y a ponerme vestidos… Me gustaba esa nueva persona que iba naciendo y no tuve ningún tipo de complejo ni trauma. Mi cédula es curiosa: aunque la Registraduría me permitió hacer el cambio de nombre, de Nelson Alexis a Leidy Tatiana, sigo apareciendo como de sexo masculino. Esta situación me ha traído algunos inconvenientes a la hora de hacer ciertos trámites, pero, aún así, me siento bien como estoy. Soy mujer y madre feliz. No tengo por qué quitarme lo que me sobra, es decir mi pene, porque pienso que no me sobra, aunque no funcione. Tampoco quiero encasillarme en un género solo porque la sociedad lo impone. Pero sé que pueden pasar 40 años en Colombia hasta que llegue el día en que un tercer sexo sea reconocido. Y no será una lucha fácil”.

‘Nací intersexual y así me quedo’

David Sánchez (Linda Sofía) dice no a la reasignación de sexo

“Mi nombre jurídico es David Sánchez Morales, pero mi nombre artístico y social es Linda Sofía; con los dos me siento cómoda. Mi papá, que es egipcio y polígamo, tuvo 22 hijas. Siempre quiso un niño y buscando el varón nací yo. Sin embargo, no crecí como tal. Mi intersexualidad es cromosómica, por eso tengo rasgos femeninos sin necesidad de ‘hormonarme’ o hacer un tránsito como las ‘trans’. A los 12 años empecé a tener una cintura marcada, caderas anchas, la cola parada… Al poco tiempo, en el colegio militar ya no me decían cadete Sánchez sino señorita Sánchez. A los 16 empecé a explorar el sexo y descubrí que las mujeres me repelían. Fue entonces cuando conocí a un subteniente con el que me fui a vivir. Le confesé que quería vestirme de mujer y él me dijo: ‘Tienes todo el derecho y te vas a ver bonita’. Así lo hice. Él me acompañó durante todo el proceso de asumir mi feminidad. Al principio es difícil, pero luego te sientes cómoda en el lugar al que perteneces. Ahora estoy sin pareja, porque me toca dar muchas explicaciones: que por qué mi pene no erecta, por qué mis hormonas y mi estado de ánimo se alteran cada mes… Y no quiero que me vean como un fenómeno. Aún así, decidí que no optaré por la reasignación de sexo, porque soy católica y creyente. Si Dios dijo: ‘Ese cuerpo será así’, así le daré de comer a los gusanos”.

ALEJANDRO BAENA
Redacción Domingo

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